Bautizados y enviados (1) (13/10/19)

Remad mar adentro

    

                       Bautizados y enviados (1) (13-10-19)

            Escribo esta carta dominical al llegar del santuario de Ntra Sra de Lourdes, de participar en la 167ª peregrinación de la Hospitalidad de Barcelona, Sant Feliu de Llobregat y Terrassa. La mañana del domingo me ha correspondido presidir la Misa internacional en la basílica de San Pío X, y entre los numerosos concelebrantes de distintos continentes, a mi lado se encontraban dos obispos africanos, uno de Burkina Faso y otro de Nigeria. Explico este detalle porque estamos celebrando un aniversario que tiene mucha relación. El Papa Benedicto XV publicó el 30 de noviembre de 1919 la Carta Apostólica Maximum Illud, que trata sobre la evangelización del mundo, un deber permanente de la Iglesia. Al cumplirse los 100 años, el Papa Francisco ha promovido y convocado el mes de octubre de 2019 como Mes Misionero Extraordinario, con el fin de reavivar la conciencia de la misión ad gentes y retomar con nuevo ardor la actividad evangelizadora de la Iglesia.

La publicación de Benedicto XV tuvo lugar unas semanas después de que finalizara la Primera Guerra Mundial, en plena decepción colectiva como consecuencia de la tragedia de la guerra. Por otra parte, había llegado el  momento de  distinguir y separar la evangelización del colonialismo. De ahí la importancia de aquella carta, que trataba sobre el cuidado de los misioneros, la necesidad de impulsar de nuevo la misión, la búsqueda de nuevos colaboradores, y la promoción y formación del clero nativo, y que daba un mayor protagonismo a las Iglesias locales. Esto llevaría a que en unos 20 años se consagraran los primeros obispos nativos y la evangelización comenzara a pasar a las religiosas, religiosos y sacerdotes nativos. Benedicto XV dio un gran impulso a la missio ad gentes,  despertando la conciencia del compromiso misionero, especialmente entre los sacerdotes.

Esto responde al mandato misionero de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Cumplir con este mandato del Señor no es algo secundario para la Iglesia; es una tarea ineludible, porque la Iglesia es misionera por naturaleza. Los cuatro evangelistas recogen el mandato misionero, con elementos comunes y a la vez con énfasis característicos.  Hay dos elementos presentes en los cuatro evangelios: en primer lugar, la dimensión universal de la tarea encomendada: «A todas las gentes» (Mt 28, 19).  En segundo lugar, la seguridad de que en esta tarea ellos no estarán solos sino que recibirán la fuerza y los medios para desarrollar su misión. El fundamento es la presencia del Espíritu Santo, y la presencia de Cristo resucitado en medio de ellos todos los días hasta al fin del mundo. Por lo tanto, la misión de los discípulos es colaborar con la de Cristo y no se fundamenta en las capacidades humanas sino en el poder del Señor resucitado presente en su Iglesia.

El evangelista San Juan da un paso más al relacionar directamente la misión que Jesús confía a sus discípulos con la que él mismo ha recibido del Padre: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). También en la oración sacerdotal después de la Santa Cena Jesús, dirigiéndose al Padre, dirá: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo» (Jn 17, 18). El sentido misionero del Evangelio de Juan está expresado en el capítulo 17: la vida eterna consiste en el conocimiento de Dios y de su enviado, Jesucristo. La finalidad última de la misión consiste en que los discípulos participen de la comunión que hay entre el Padre y el Hijo y de esta manera el mundo llegue al conocimiento de la verdad y a la fe. El evangelista Juan subraya que es más importante el ser que el hacer o actuar. Es condición imprescindible vivir la unidad con Dios y con los hermanos para poder ser creíbles en la misión.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa