Cuando la fe es puesta a prueba (28/02/2021)

Cuando la fe es puesta a prueba (28-02-21)

    

        Vamos avanzando en el camino cuaresmal, haciendo experiencia de restricciones y limitaciones en los más diversos ámbitos de nuestro día a día desde hace más de un año. Comprobamos cómo se hacen presentes las dificultades, los sufrimientos y las pruebas en nuestra vida de seres humanos y de creyentes. Además, somos conscientes de que hoy la fe debe afrontar, más que en el pasado, cuestionamientos que provienen especialmente de una mentalidad cientificista según la cual las únicas respuestas válidas son las que provienen de la ciencia empírica. Por ello, experimentamos que nuestra fe es puesta a prueba de diferentes modos, como fue puesto a prueba  Abraham, a quien hoy la Palabra de Dios nos presenta como modelo.

 

           Dios puso a prueba la fe de Abraham de la manera más inesperada. Le pide que sacrifique a Isaac, su único hijo, el hijo de las promesas. De hecho ya había sido probado en otras ocasiones: cuando se le mandó abandonar su tierra y su familia; cuando se le anunció que tendría un hijo de su mujer, Sara, a pesar de ser ambos de edad avanzada; pero nunca se le había pedido tanto como ahora. Si antes se le exigió renunciar a su pasado, abandonar su tierra y su familia, salir en busca de la tierra prometida, ahora se le exige renunciar a su futuro. Ciertamente, resulta difícil de entender cómo podrán cumplirse las promesas de llegar a ser padre de un pueblo numeroso si ha de sacrificar a su único hijo.

 

Sin embargo, él no duda ni siquiera un instante y, después de preparar lo necesario, parte con Isaac hacia el lugar establecido. Construye un altar, coloca la leña y, después de atar al muchacho, se dispone a inmolarlo. Abraham se fía de Dios hasta el punto de que está dispuesto incluso a sacrificar a su propio hijo y, con él, su futuro, porque sin ese hijo las promesas de Dios no servirían de nada, todo acabaría en la nada. Además, sacrificando a su hijo se sacrifica a sí mismo, sus esperanzas, todo su futuro. Es realmente un acto de fe muy profundo. Llegado el momento, lo detiene una orden de lo alto, porque Dios no quiere la muerte, sino la vida. De este modo, la obediencia de Abrahán se convertirá en fuente de una inmensa bendición.

 

          La intervención divina en el momento oportuno descubre una segunda intención en este relato bíblico. Es la señal de que Dios desaprueba los sacrificios humanos. Nos queda lejano el contexto histórico y religioso, aquel tiempo en que ofrecer vidas humanas podía ser un requisito para dar culto a la divinidad. Pero más luminosa se vuelve esta señal, cuando descubrimos que el relato del sacrificio de Isaac tiene una intención clarificadora: Dios quiere que el hombre esté dispuesto a los mayores sacrificios y no se reserve nada cuando es él quien se lo pide. Ahora bien, la amistad con Dios no busca sacrificios humanos, sino que le ofrezcamos lo que mejor tenemos: la capacidad de amar y construir un espacio de amor, guiados por el Señor, Dios misericordioso. No es la destrucción del ser humano lo que quiere Dios, sino su salvación, aunque ello conlleve no pocos sacrificios.

 

          A lo largo de nuestra vida no faltarán pruebas, oscuridades, sufrimientos, contradicciones. Abraham nos da ejemplo de una confianza total en Dios. Y la clave está en el abandono total en la providencia del Señor, que, en medio de las vicisitudes del mundo presente, no nos abandona, sino que permanece a nuestro lado. Dios no quería la muerte del hijo, buscaba la fe del padre: «Dios proveerá», y sorprendentemente experimentó la bondad del Señor, que salvó al niño, premió su fe, y los colmó de bendiciones. También nosotros, en este tiempo de cuaresma, somos invitados a tener confianza, especialmente cuando nuestra fe sea puesta a prueba.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa

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